¿Dónde estaban esas obras que desaparecen durante décadas y reaparecen de forma inesperada?
El Confidencial publica en prepublicación las primeras páginas de No te fíes de ellos, el nuevo thriller de Manuel Ríos San Martín, que llega a las librerías el 2 de septiembre de la mano de HarperCollins Ibérica.
Estaba tumbada, vestida igual que la noche previa, en una cama que le costó reconocer. Las sábanas sobre las que yacía, los muebles blancos con incrustaciones en madera, el dormitorio refinado y angosto: el avión privado que la había llevado a Dubái.
Cogió fuerzas para levantarse, pero el mareo se lo impedía. No recordaba cómo había llegado hasta allí. Le venían imágenes del jardín a oscuras, el puente de hierro a contraluz, el cisne que nadaba a su aire. Y la melodía de Mozart.
Eso le dio la clave para reconstruir las últimas horas: la copa de champán, el piano, la sonrisa de Barray y el desmayo en el ático que daba al Palacio Real. En el instante en el que se le cerraron los ojos en contra de su voluntad, pensó que era el final.
Hizo un segundo intento por incorporarse y se irguió sobre las almohadas. La cabeza le iba a estallar.
Oyó unos pasos que se acercaban y alguien llamó a la puerta. Tardaron en entrar y aquellos segundos se le hicieron eternos.
Pasó una vida.
Sabía que, cuando abrieran, la suya cambiaría para siempre.
2 de mayo de 2024
Atardecía en la ciudad de Madrid, que conmemoraba con un día de fiesta el levantamiento ante la invasión francesa de 1808; la lucha espontánea del pueblo por la libertad y contra la opresión. Con peligro de sus vidas, miles de ciudadanos anónimos se rebelaron frente al gigante y se convirtieron en un símbolo que mantenía el mismo valor más de doscientos años después: los héroes que, magistralmente, inmortalizó Goya.
El sol iluminaba la estatua de Velázquez y proyectaba su alargada sombra sobre la fachada neoclásica del Museo del Prado. El edificio del siglo XIX contenía la mejor selección de pintores de la historia del arte, por encima de otras pinacotecas como el Louvre o el Hermitage: casi cinco mil cuadros entre los que se encontraban los más prestigiosos, desde tablas del siglo XII a Fra Angelico, el Bosco, Tiziano, Rubens, Velázquez o Francisco de Goya. Un coleccionismo pasional originado en la monarquía española de los siglos XVI y XVII.
Pasada la hora del cierre, los cientos de visitantes que caminaban por el paseo del Prado se toparon con el dispositivo policial que, ajeno a la belleza del momento, mantenía cortado el tráfico. Se había formado un atasco sonoro y los conductores, impacientes por llegar a su destino, tocaban el claxon. Quedaba habilitado el carril derecho, por el que se aproximaba una comitiva de coches oscuros de seguridad privada. Avanzaban deprisa para escoltar a un camión blindado, aún más negro. El rotor del helicóptero que sobrevolaba la zona contribuía a aumentar la conmoción de los turistas, que se preguntaban, atemorizados, qué podían custodiar con tantos medios.
El séquito al completo giró por la calle de Felipe IV a gran velocidad y dejaron atrás la escultura de Goya ejecutada con maestría por Benlliure. Michel Barray, un hombre pelirrojo de ojos verdes que recordaba a Alberto Durero, elegante, con el pelo recogido en una coleta y una edad indefinida pero que no llegaba a los cincuenta años, le dedicó una mirada desde el interior del furgón de cristales tintados; admiraba el trabajo del pintor, su técnica, pero sobre todo la expresividad y la pasión, que ningún otro había igualado. Y con un carácter del diablo.
El portón metálico del muelle de carga del Museo del Prado se abrió sincronizado con la llegada del furgón, que se introdujo seguido por dos de los vehículos. El resto del convoy se quedó fuera para vigilar la entrada. En la semioscuridad del garaje, el conductor del camión se bajó y, con un chasquido seco y desagradable, abrió la trasera del blindado, de donde saltaron dos tipos pertrechados con fusiles de asalto. El conserje encargado de recibirlos dio un paso atrás y su espalda topó con la pared de la dársena. Barray, vestido con un elegante traje sin corbata y en apariencia desarmado, dirigía el operativo. Le hizo una seña para tranquilizarlo. El conserje se quedó paralizado en una esquina del hangar. Estaba acostumbrado a que las obras llevaran seguridad, pero jamás había visto un despliegue como aquel.
Del furgón se bajaron otras cinco personas vestidas de negro con las manos enguantadas. Con sumo cuidado y una notable precisión, sacaron una caja estrecha pero de tamaño considerable y la depositaron con esfuerzo y habilidad en un carro grande preparado para transportarla. Los movimientos armónicos demostraban que lo habían practicado antes. Una vez que tuvieron asegurado el embalaje, miraron al conserje y este, a su pesar, los condujo hasta el montacuadros.
—¿Piso? —preguntó el jefe del operativo con acento francés.
—El cuarto —balbuceó el bedel.
El grupo formado por los dos guardaespaldas, los cinco transportistas y el propio Michel Barray entró en el ascensor.
—No hace falta que suba con nosotros, monsieur.
El conserje hizo una mueca que se aproximaba a la felicidad; no le apetecía encerrarse en el montacuadros, por muy amplio que fuera, con unos tipos armados.
En cuanto llegaron al piso correspondiente salieron como si fueran un comando. Allí los esperaba el conserje mayor, que casi se desmaya al verlos.
—¿El departamento de restauración? —preguntó el jefe del operativo, cordial pero intimidatorio.
—Es... por aquí —respondió el funcionario notando que las piernas no le respondían. Se podía escuchar el temblequeo de sus rodillas. Nadie lo acusó, y lo siguieron acompañados por la fricción de las ruedas del transporte sobre el suelo de resina y el eco de los pasos de la amenazadora comitiva—. Ahí los esperan —se apresuró a decir el conserje mayor, y señaló la sala principal del departamento de restauración; amplia, con arcos de medio punto, situada en la parte nueva del museo diseñada por el arquitecto Rafael Moneo.
Por los ventanales se contemplaba el edificio original de Villanueva. El taller estaba abarrotado de obras de arte depositadas en caballetes: un Velázquez, varios primitivos flamencos que incluían un Bosco, y un Rembrandt quedaban a la vista. Entre ellos, andamios metálicos con escaleras, extractores y focos que colgaban del techo. En la mesa central se veían multitud de aparatos: microscopios, linternas de luz ultravioleta, espátulas calientes. En las esquinas, bastidores y marcos sin lienzo iluminados por la luz natural del atardecer.